Cuando tenÃa 18 años acababa de ingresar a la universidad: escuela nueva, ciudad nueva, nuevas personas, cero amigos; tres meses después fallece mi abuelo, mes y medio después lo sigue mi abuela. Un fin de semana que estaba de visita en casa de mis papás sentà una presión en el pecho, la cual en cuestión de segundos me dificultó respirar y momentos después mis extremidades dejaron de tener movimiento; mis papás inmediatamente me llevaron a urgencias, en ese lugar después de una serie de estudios – y un antidoping porque… adolescente – determinaron que tenÃa ansiedad y depresión, y que mi dramático episodio se debió a un ataque de pánico. Me mandaron con el psicólogo y me recetaron unas pastillas azules.
Saliendo del hospital, ya en la farmacia recuerdo que mi papá me vio molesto y me dijo "Es la única vez que te voy a comprar estas cosas, nadie en la familia ha sufrido de algo similar como para que salgas con esto"… y si, fue la única vez que las compró, por suerte en la tÃpica familia mexicana siempre está la madre alcahueta y fue ella quien se encargo de comprarme el tratamiento durante los siguientes 4 años.
Durante ese tiempo intenté ir con varios psicólogos, está de más decir que nunca me sentà cómoda en ninguno de esos consultorios, finalmente (y de la manera más irresponsable) decidà a los 22 años dejar las pastillas ya que no deseaba estar pegada a un medicamento; y asà de un dÃa para otro dejé de tomarlas, por supuesto tuve más ataques de pánico pero poco a poco me di cuenta que más allá de una situación quÃmica todo dependÃa de mi y mi decisión de como reaccionar a las situaciones.
Actualmente esos ataques han llegado prácticamente a cero, sin embargo cuando le he contado a alguien de esta situación siempre se muestran extrañados, no sé si porque generalmente la mayor parte del tiempo parezco una persona alegre o porque lamentablemente seguimos viendo la salud mental como un tema en el que inmediatamente surgen etiquetas del tipo: ¡está loca!, ¡que dramática!, ¡le urge (inserte aquà elemento despectivo)!, etc.
La historia anterior viene a colación debido a que el dÃa de ayer mi feed de Facebook y Twitter se inundó con la noticia de que Federico, un chico de 15 años comenzó un tiroteo en una secundaria de Monterrey – una noticia que al principio parecÃa sacada en un contexto estadounidense –momentos después de asimilada un poco la situación, mi feed se comenzó a inundar de notas e imágenes sobre la salud mental y que tanto amor reciben los niños. Hoy me encuentro con un comentario hater que decÃa algo como "ahora resulta que todos saben sobre salud mental", y honestamente aunque odioso el comentario resulta algo de cierto; en México aún se tiene cierto tabú al hablar sobre enfermedades mentales, lo que nos remite al tÃpico comentario cliché (pero cierto): la educación viene desde casa.
Es lamentable la situación, sin embargo espero que esto sirva como parteaguas para darnos cuenta que asà como nos cuidamos de un resfriado o una infección estomacal, el cuidado mental también requiere de nuestra atención.
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